Flechazos

LOS BRUJOS DE SÉBACO

Durante la colonia, los brujos, nahuales o nahuallis, fueron perseguidos sin piedad, prueba de ello, fue la llegada a Santiago de Sébaco (1703) de Fr. Antonio Margil de Jesús, para exorcizar a los brujos sebaqueños. Margil de Jesús, les causó mucho daño a los naturales haciéndoles destrozos en los santuarios dedicados a la Mujer Serpiente, la diosa Cihuacoatl.
Había la creencia que los nahuales o brujos se metamorfoseaban en lechuzas (tecolotes), Jaguares, chompipes , perros, etc.
En Nicaragua se ha disipado la leyenda de los nahuales, poco se habla de ellos, pero sí, cuando en los pueblos, en las noches oscuras se escucha el canto del búho o tecolote, la gente exclama con cierto temor: “alguien va a morir”
Esto recuerda otra expresión (despectiva) casi perdida: “Cuando el búho canta, el indio muere” , era el dicho de nuestros abuelos.
En Sébaco se desconoce o se han perdido las voces; nahual, nahuallis o nahuales, para referirse a los que practican la brujería. Pero, está arraigada la creencia, que alguna personas (hombres y mujeres) se transforman en perros, jaguares, micos, xiximiques, monas, etc. etc.
Según el primer cronista que llegó a Nicaragua en 1528 Gonzalo Fernández de Oviedo, narra que a los brujos (cuando se transformaban) se les conocía como “Texoxes” y los describe como animales grandes, y que sus pisadas eran como de grandes lebreles (perros). Esto nos recuerda al “cadejo”.
Animal (narrado por los abuelos) en forma de perro que salen y acompañan a los caminantes en las noches oscuras y por lo general cuando aparecen juntos estos seres, dicen los que han experimentado el encuentro, uno es blanco y el otro negro.
Dice Oviedo, “En aquella tierra (Nicaragua), hay muchas brujas…que se transforman en lagartos, o en perros, tigre o León o en la forma de cualquier otro animal.
Oviedo cuenta que unos Texoxes se comieron al hijo de un cacique. Un niño de escasos seis meses.
El cacique dijo a su encomendero que los Texoxes tomaron al niño de los regazos de la madre y se lo llevaron para comérselo.
Por la mañana, encontraron la cabeza del niño bien roída. Y ahí, junto a la cabeza del niño estaba un sartal en una cuerda de algodón con unas piedras verdes, como plasma de esmeraldas, que el muchacho traía al cuello. La madre los alzó de la tierra con grandes suspiros y llanto.

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